miércoles, 23 de enero de 2013

Arrancamos hacia el reino de Siam

A menudo los que me conocen me preguntan porqué Tailandia me ha atrapado de la manera en que lo ha hecho, y mi respuesta siempre se diluye en cientos de motivos que soy incapaz de resumir en uno sólo. Y es que Tailandia no puede ceñirse a una palabra de nuestro rico y complejo idioma. Es necesario recurrir a complicadas combinaciones léxicas para intentar aproximarse, sin éxito, a las sensaciones que ese pais y sus gentes son capaces de generar en una persona.

 En este blog trataré de ir desgranando poco a poco y con detalle desde las cosas más llamativas a las aparentemente más anodinas, y que en su conjunto, hacen que Tailandia sea sin lugar a dudas, el pedacito de mundo que me robó el alma y le dió realidad a mis sueños de trotamundos. Pero daré unas pequeñas pinceladas en el intento de proyectar este deseo de compartir y, si se puede, contagiar mi entusiasmo por el pais a quienes se sientan atraidos por él.

 Me gusta el color de Tailandia. Pocos paises he visto con una luminosidad tan aplastante y un colorido tan abrumador. Desde su megalópolis Bangkok hasta las rutas más alejadas de los circuitos turísticos, Tailandia literalmente brilla para los ojos de un occidental acostumbrado al gris plomizo de nuestros desarrollados paises. Sólo estar allí, con los ojos abiertos viendo la vida funcionar, se convierte en un empacho de ánimo capaz de alejar fantasmas, rutinas y preocupaciones.

 Me gusta hablar con sus gentes. Sin pretender idealizarlos, me resultan mucho más abiertos y acogedores y, sobre todo, sin el increible ego que parece haberse instalado en nuestro mundo occidental. Su conciencia de grupo prima sobre el individuo. El respeto a los mayores, las palabras corteses, los gestos de amabilidad se suceden en un mundo en el que esa deferencia hacia el prójimo llega a producirnos verguenza propia y envidia ajena. Vayas donde vayas, mires donde mires, siempre cruzas tus ojos con alguien que te regala una sonrisa. Completamente gratis.
 Nunca olvidaré la sensación de estupefacción que se me quedó en el cuerpo la primera vez que me vi atrapado en uno de los habituales atascos de Bangkok. Estupefacción producida por el silencio y la calma en una situación en la que en mi mundo se asocia a bocinas insistentes, gritos e insultos. Pero en Bangkok no esperes ver a un conductor comportándose groseramente con otro ni un concierto de insultantes claxons. Allí se lo toman con calma. "mai pen rai" dicen.

 Bangkok nunca duerme. Ni siquiera reposa. Bulle constantemente, y cuando un viajero con los horarios trastocados y un jet lag agobiante le hacen estar completamente desvelado a las 3 de la mañana, sólo tiene que bajar a la calle, y la diferencia con el día sólo será horaria, porque la actividad se mantiene. Mercados, puestos callejeros, tiendas, bares, restaurantes...no tendrás problemas en encontrar todo eso sea la hora que sea.

 Contrastes que te desorientan en una megaurbe donde un rascacielos de cristal comparte esquina con chamizos de madera o donde un restaurante de lujo compite por los clientes con un puesto de noodles ambulante, barato y sabroso.
 Desde la monumentalidad más barroca hasta la sencillez más extrema, Tailandia nunca deja de sorprender.
 Y espero, poco a poco, poder ir reflejándolo en esta pantalla. Tal como lo veo. Tal como lo siento.
 A ver si soy capaz....

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